Invierno 2017

En verdad, es una estación sorprendente. Comienza con un solsticio frío y brumoso donde festejamos, entre canticos insoportables, comilonas pantagruélicas y melopeas suicidas, el nacimiento de un niño al que todos adoramos entre cortina y cortina, contemplando como vuelven a beber los peces en el río. Luego, a mitad de camino, nos entregamos a la locura iconoclasta e irreverente del Carnaval, adorando a Momo rey de los excesos, olvidándonos por unos días del niño y sus enseñanzas. Pero el final es tremendo. Después de una cuaresma triste y flagelante, matamos al niño, ya crecidito. Paseamos su martirio sobre tronos dorados y, entre cantos y sahumerios, lo enterramos y lo resucitamos para ¡Oh, aleluya! poder irnos tranquilos para la Feria.
Y no nos digan que todo esto no tiene una fotografía suculenta y apasionante. Anda que no.

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